CADA QUIEN SU SANTA. CUENTO NAVIDEÑO

Conocí a Santa Claus en la sala de mi casa, cuando lo vi sentado en el sofá junto al árbol de navidad. Con los pies subidos en un taburete veía un partido de fútbol en la televisión.

Yo tenía 8 años. La curiosidad por saber si el personaje era un ser real o sólo un mito genial me había mantenido despierto toda la noche. Serían las tres de la madrugada cuando oí ruidos en la sala y bajé. En la penumbra, tropecé con unas cajas que mi madre había apilado junto a la escalera haciendo un buen escándalo. Al asomarme a la sala, descubrí a Santa hipnotizado por la pantalla.

Descubrí que era un ser tan real, absorbido por un partido fuera de temporada, que ni cuenta se había dado de mi ruidosa presencia, lo cual me generó una gran decepción. Ustedes comprenderán que para la ilusión de un niño es un tremendo golpe percatarse de que el santo -en este caso santa aunque sea de género masculino- en el que ha depositado su esperanza sea como cualquier mortal. Con el agregado de que en plena noche buena, en lugar de estar repartiendo esperanza a los niños, dejara pasar la velada con “la caja estúpida” como la llamaba mi madre.

Sin que él se percatara de mi presencia, seguí observándolo; poco se movía, a excepción de un par de gritos de emoción cuando alguno de los jugadores tiraba a la portería peligrosamente. Terminada la trasmisión, tomó el control remoto y empezó a brincar de canal hasta llegar a otro encuentro deportivo, en esta ocasión fútbol americano… misma historia.

Nervioso al ver que no leía las cartas que le habíamos dejado mis hermanos y yo, empecé a hacer ruidos con la boca esperando que eso lo sacara de la hipnosis en la que el aparato lo tenía atrapado. Nada. Me aventuré a carraspear la garganta ahora con la intención de llamar su atención y que se percatara de mi presencia. Nada. Frustrado de que Santa no reaccionara, pegué un par de brincos seguro de que ahora voltearía hacia donde estaba escondido. No me atrevía a salir por miedo a que si me veía, decidiera salir huyendo, pero me negaba a que por ver un deporte en la televisión, se olvidara de leer lo que con tanta ilusión le habíamos escrito.

Cuando la programación terminó, y en la pantalla solo se veían rayas de colores (muy característico en los ochentas), regresó al pie del árbol para proceder a leer las cartas guardadas en los zapatos. Querido Santa Claus, leyó. La carta era la de mi hermano mayor. Te pido que por favor, me traigas unos patines. –“Patines, patines” repetía el de las barbas blancas mientras buscaba en su costal. No tengo de esos. Tomó otra carta, en esta ocasión de mi hermana: Querido Santa, me he portado bien y me gustaría que me traigas los muñecos de los cuatro fantásticos estiraderos, o sea de esos que se estiran. Ella siempre tuvo una forma muy particular para expresarse. –“No, tampoco de esos”. Cuando tomó mi carta, me atacó el nervio y la esperanza de que en su costal si hubiera lo que yo le había pedido. –“¿Un Topo Gigio? ¿qué demonios será eso?”. Ya sin siquiera buscar en su gran bolso, tomó una libreta que llevaba en el bolsillo del pantalón y vi que escribía una nota. “¡Seguramente anota para que no se le olvide en lo que va por ellos, y dejarlos en casa de los abuelos!” pensé. Normalmente cada año, algo amanecía por allá.

En cuanto recogió su costal y salió de la sala, corrí para leer la nota que al parecer había olvidado: “Vale por una antena parabólica”. En esa época, tener semejante tecnología era de ricos, y aseguraba una hipnosis familiar. No me cuadraba en casa una de esas, ya que estábamos lejos de ser ricos, y tener semejante caja de entretenimiento era el augurio de una desconexión inminente. Mi frustración fue enorme al ver que el regalo parecía cumplir el deseo de alguien más, y no los nuestros.

De pronto, escuché pasos que se acercaban a mi y corrí de nuevo a esconderme temiendo que fueran mis papás y me regañaran por espiar a Santa. Era él, que lo que sí había olvidado eran sus guantes sobre el sofá. No aguanté más mi coraje, salí de mi escondite para reclamarle: “¡Óyeme Santa, te pedimos juguetes! ¿a qué viene la antena parabólica?” Finalmente había notado mi presencia, y tras mi cuestionamiento vino su reclamo: – “¿Qué haces aquí? Deberías de estar dormido.”

– “Quise conocerte en persona. Cerciorarme de que existes”, respondí. Sin decir palabra, se enfiló a la chimenea para irse, como si una vez más yo no existiera. Buscando retenerlo, corrí a su lado y tomándolo del brazo le pregunté por qué había elegido para vivir el Polo Norte, algo que me había generado curiosidad desde siempre. – “Porque ahí pago renta congelada” respondió.

Ya que había logrado iniciar lo que parecía un diálogo con él, insistí en mi pregunta de por qué una antena parabólica, cuando supuestamente cumple los deseos de los niños. De nuevo sin responder a mi cuestionamiento, con voz titubeante me confesó su existencia virtual: – “Existo sólo para los que creen en mí. Por eso estoy aquí. En el momento en que un niño deja de creer, dejo de visitar su casa.”

Esa madrugada hicimos Santa Claus y yo un trato: mientras yo creyera en él, traería un regalo, aunque no fuera el que yo quisiera, pero al fin sería un regalo. De alguna forma, me hizo pensar que cumplía su rol dejando cualquier cosa, aunque no fuera mi deseo. Su responsabilidad era repartir regalos, nunca nadie le había dicho que tenían que ser los que cumplieran la ilusión de los niños.

Y así, durante años, cada 24 de diciembre busqué a Santa en la madrugada, con esperanza de que leyera mi carta y que esa vez la considerara. Generalmente espléndido, dejaba algo que me hacía sentir que le daría más gusto a él, que a mis hermanos y a mí.

 

Santa si existe, lo he visto, aunque él no me haya percibido a mi.

 

No es el regalo lo que vale, sino la mirada que lo envuelve

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