La Columna de Karla Pérezgil: Viruleados y en Plena Pandemia

La Columna de Karla Pérezgil: Viruleados y en Plena Pandemia

 “ (…) La deshonestidad puede transmitirse de una persona a otra mediante el contagio social (…). Los deslices pueden ser insignificantes per se, pero cuando se acumulan dentro de una persona, en muchos individuos y en grupos, quizá transmitan la señal de que es aceptable comportarse mal a gran escala. Partiendo de esta perspectiva, es importante comprender que los efectos de las transgresiones individuales pueden ir más allá de un acto deshonesto singular. Transmitida de una persona a otra, la deshonestidad tiene un efecto lento, furtivo, socialmente corrosivo. Mientras el virus muta y se propaga de una persona a otra, se desarrolla un nuevo código de conducta, menos ético. (…) Este es el verdadero coste aun de casos secundarios de engaño” (Dan Ariely, 2012).

Ariely, autor del libro “Porqué mentimos… en especial a nosotros mismos” argumenta que el engaño no responde a un asunto de costo y beneficio. Hay fuerzas psicológicas y ambientales implícitas en la deshonestidad; entre ellas los conflictos de intereses, las simulaciones o el actuar dependiendo de las promesas, la creatividad o el cansancio, en lo que respecta a factores psicológicos, y la importancia del entorno y la cultura, ligados a las fuerzas ambientales.

María Jesús Álava (Canarias 7), menciona que resultados de estudios psicológicos muestran que “nuestro sentido de la moralidad está asociado al grado de engaño con el que nos sentimos cómodos”, es decir, que engañamos hasta donde podemos conservar una buena imagen de nosotros mismos. Los video escándalos de la semana pasada me hacen pensar que hay culturas en las que manchar una imagen requiere de mucho esfuerzo, o que existen personas que el poder les genera una especie de anorexia de imagen: la distorsión total de sí mismos.

Para Ariely, otro factor fundamental es la ambivalencia, es decir, cuando las reglas están un tanto abiertas, son poco claras, puede fácilmente ofrecerse campo fértil para la deshonestidad. Ni qué decir de la impunidad.

La trampa o deshonestidad, no solo se da en las esferas políticas y del poder. Tristemente, ni en el deporte somos inmunes, a pesar de ser conceptualmente una práctica “saludable”. El deseo de aprobación, de éxito, de no querer pasar vergüenza, son todos elementos que influyen en la autoestima. La trampa, es una manera de buscar sentirse bien consigo mismo (ganar a pesar de todo y de todos), cuando no es tolerable perder, y por lo tanto se engaña incluso a uno mismo.

Y sobran ejemplos. Uno muy sonado es el caso de Lance Amstrong, quien había crecido pobre y golpeado por su padrastro, abandonado los estudios, y a pesar de ello logró ganar 7 Tours de Francia e incluso que Nike pusiera su nombre a edificios, que presidentes como Clinton y Bush, y celebridades como Bono y Sean Penn se acercaran a él, logrando que la fundación contra el cáncer que creó -Livestrong- recaudara más de 500 millones de dólares. Una imagen que en su momeento parecía intachable, sin embargo, su impunidad tuvo un límite, y cayó de muy alto. 

Amstrong empezó dándole “generosas aportaciones” a su cuerpo para tener ventaja frente a sus adversarios. Le funcionó… y el engaño creció hasta llegar a liderar lo que la Agencia Antidopaje de Estados Unidos (USADA) llamaría más tarde “el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que el deporte haya visto”, mismo que le permitió permanecer en la cima del ciclismo durante una década.

Una vez que se alcanza un alto umbral de honestidad, se pasa al modo “pues ya qué”, y se engaña exponencialmente. Cuando se cruza la línea, es muy fácil caer en la repetición y a perderle el miedo, y por lo tanto, en una mayor tendencia a engañar en otras partes, y/o dando lugar a un fraude mayor.

Se auto engaña y engaña para preservar la imagen y por ello, se justifica, minimiza y culpa a otros. Lance Amstrong intentó justificarse ventilando el dopaje de otros equipos, como si eso diera legalidad a sus engaños. De esa manera, se defiende la autoconfianza, no obstante, el costo general del engaño es la desconfianza de los otros.

Se tiende a justificar la deshonestidad, contando historias de tal manera que las acciones engañosas sean aceptables. Gracias a las justificaciones, explicaciones y pretextos se aumenta el distanciamiento del conocimiento, y se disminuye la conciencia de estar obrando mal, a pesar de la obviedad del daño a terceros.

Resulta imperante la influencia de otras personas en la definición de los límites aceptables de conductas, de cara a la nuestra. Cuando las leyes o reglas no son suficientes, la mejor forma de que una acción sea inaceptable, es a través del escrutinio público, de una amenaza evidente a la imagen de aquel que la practica.

El peligro mayor del engaño es que tiene un carácter infeccioso, particularmente si es socialmente admisible o se ha naturalizado. En otras palabras, el engaño es contagioso. Por eso ahora que la pandemia es tendencia, también se habla de otra de las que más nos hacen daño: la de la corrupción y el engaño.

La cultura de un pueblo debe ser constructiva y nutritiva, y la nuestra está muy enferma. Requiere de un respirador y terapia intensiva.

Ante el primer síntoma, por favor atiéndete, y si sospechas de alguien contagiado, repórtalo siempre manteniendo una muy amplia distancia.

@kperezgil

 

 

 

También te puede interesar: